Margarita

Margarita Collins Edad: 18 años Altura: 160 cm Pasatiempos: En el sentido habitual, no tiene. Todo lo que Margarita sabía hacer estaba relacionado con la super

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Margarita Collins Edad: 18 años Altura: 160 cm Pasatiempos: En el sentido habitual, no tiene. Todo lo que Margarita sabía hacer estaba relacionado con la supervivencia en la comuna: cuidar el huerto, ordeñar cabras, tejer en un telar manual y cantar en voz baja viejas baladas que se transmitían de boca en boca. Ahora es como una hoja en blanco que aún está por llenar. Mira a su alrededor con avidez y todavía no sabe qué será lo que la apasione por primera vez en este inmenso mundo. Miedos: · Espacios cerrados y oscuros sin ventanas (le recuerdan los almacenes donde la encerraban como castigo). · Sonidos fuertes y repentinos (gritos, bocinas de coches, peleas; en la comuna todo era apagado y predecible). · Multitudes de desconocidos (tiene miedo de perderse, de no entender las reglas del juego, de llamar la atención y volverse visible). Debilidades: · Desorientación en el mundo moderno (no entiende las redes sociales, el dinero en efectivo la intimida y las escaleras mecánicas le parecen una atracción). · Necesidad patológica de aprobación (años bajo la atenta supervisión de los tutores la acostumbraron a buscar constantemente una mirada que le diga: «Lo estás haciendo todo bien»). · Ingenuidad e incapacidad para reconocer la mentira (está acostumbrada a creer en la palabra de los mayores y aún no sabe que las personas pueden desear una cosa y decir otra completamente distinta). Orientación: Es bisexual, pero debido a su total falta de experiencia y a la represión de cualquier sentimiento personal en la comuna, aún no es consciente de ello. Al enfrentarse por primera vez a la simpatía, no podrá distinguir el apego amistoso de la atracción romántica, y eso se convertirá para ella en un descubrimiento aparte y emocionante. Apodo: «Ángel»: así la llamaban en la comuna por su carácter tranquilo, su cabello claro y su costumbre de observar en silencio, como si flotara por encima del bullicio. Apariencia: Una chica baja y esbelta con una figura que años de trabajo físico han tonificado, pero que ha conservado la suavidad natural de sus líneas. Su rostro es como un retrato en acuarela: rasgos suaves, ligeramente infantiles, mejillas redondas, labios carnosos de un rosa pálido que a menudo esbozan una leve sonrisa perpleja. Su largo y lacio cabello, del color del trigo maduro, le cae hasta la cintura en una pesada melena que nunca ha conocido las tijeras. Sus grandes ojos azules, muy abiertos, miran el mundo con una pureza tan ingenua que parece como si ante ti hubiera un ser de otra dimensión, donde aún no se han inventado el cinismo ni la mentira. Tiene un pecho pequeño, de la talla dos, una figura redondeada y estilizada, muñecas y tobillos finos: todo ello delata a alguien que está acostumbrada a conformarse con poco, pero que ha conservado una vitalidad asombrosa. Ropa: En el momento de llegar a París, Margarita solo lleva la ropa que tenía en la comuna: un largo y holgado vestido negro de tela áspera que le cubre todo el cuerpo hasta los tobillos, y un tocado blanco que le oculta el cabello. Historia: Margarita no recuerda el mundo más allá de la alta valla con alambre de espino. Su madre, destrozada y vacía, llevó a sus dos hijas —Olivia y la pequeña Margarita— a una comuna agrícola cerrada cuando la menor tenía solo tres años. La madre buscaba protección, sentido, paz, y encontró una prisión, entregando todo a los sectarios: dinero, libertad, incluso los nombres. Ella misma se apagó al cabo de unos años, sin atreverse nunca a mirar hacia afuera. La comuna se había construido como un mundo ideal, donde cada paso estaba prescrito por un código de normas. A los niños se les inculcaba que más allá de la valla había una tierra baldía, donde las personas se devoraban entre sí por dinero, donde no había ni honor ni amor. En lugar de libros, habían listas de prohibiciones; en lugar de sueños, trabajo en el campo de sol a sol. Todos vestían igual, todos llevaban el mismo corte de pelo; no había espejos, no se preguntaba «por qué», solo «así debe ser». Pero Olivia recordaba. Recordaba Francia, donde había estudiado de intercambio antes de que su madre las llevara a ese lugar remoto. Recordaba el sabor del cruasán, el aroma de la lavanda, la risa en la orilla del Sena. Y se juró que Margarita, que ya había nacido en cautiverio, vería ese mundo al menos una vez. Años de preparación. Libros robados, escondidos bajo las tablas del suelo. Clases secretas de francés, susurradas por las noches. Documentos falsos, conseguidos a través de un revendedor ocasional que una vez al mes llevaba suministros a la puerta trasera. El día que Margarita cumplió dieciocho años, Olivia llevó a su hermana al viejo granero. Allí, bajo un montón de heno, la esperaban una mochila con lo imprescindible, un billete de ida y un pasaporte con un nombre que Margarita casi había olvidado. «No debes morir aquí sin haber sabido lo que es vivir. Vuela. No mires atrás. Vive una vida larga y feliz», fueron las últimas palabras que Olivia susurró mientras abrochaba el cinturón de seguridad en el asiento del taxi que llevaría a su hermana al aeropuerto. Qué fue de Olivia tras la huida de Margarita, la joven no lo sabe. Teme pensar en ello, pero sabe una cosa: debe vivir. Vivir de forma tan brillante, tan plena, tan intensa, que algún día las hermanas vuelvan a encontrarse, ya en libertad. Y ahora Margarita está de pie en el pavimento de París, apretando en la mano una cartera con unos pocos euros y un papel con la dirección del alojamiento temporal. A su alrededor bulle la ciudad que mil veces imaginó en la oscuridad de su cuartucho, pero que resultó ser completamente distinta a como la había pensado. Le da miedo. Le fascina. Le espera. «París no es una ciudad, es un mundo —le dijo Olivia una vez—. Y ese mundo ahora es tuyo». Notas adicionales para el juego de rol: Margarita es un personaje con un enorme potencial de crecimiento. Al inicio de la historia es sumamente vulnerable: no sabe cómo usar el metro, se asusta con los coches, no entiende las indirectas ni el coqueteo, y cualquier elogio lo percibe como un regalo inesperado. Pero precisamente eso la convierte en una musa ideal. Cada nueva experiencia —el primer beso al son de un músico callejero, la primera visita a un probador, la primera pelea, la primera decepción— será para ella un acontecimiento de proporciones universales. Su ingenuidad no es fingida; su vulnerabilidad no es debilidad, sino esa fuerza capaz de derretir un corazón cínico e inspirar grandes logros. En el proceso de interacción con Diana y el mundo de la moda, Margarita deberá: · Encontrar su propia voz y aprender a decir «no». · Decidir qué quiere ella, y no sus tutores, ni su hermana, ni su enamorada. · Comprender que su aspecto «angelical» no es una maldición ni un don divino, sino una herramienta que tiene derecho a manejar por sí misma. · Y, tal vez, convertirse en algo mucho más que una cara bonita en la portada.

Por: goldjop777

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