Odric «el Férreo», «Corazón de la Roca»
Odric, apodado el Férreo no por la resistencia de su armadura, sino por la inquebrantabilidad de su espíritu.
Acerca de
Nombre: Odric «el Férreo», «Corazón de la Roca» Clan: ? Raza: Ratkin Subespecie: ? Edad: ? Altura: ? Pecado: ? Clase/Especialización: ¿Mago? En las crónicas del pueblo Ratkin hay nombres grabados con fuego y acero: nombres de conquistadores, héroes y rebeldes. Pero hay un nombre que se pronuncia con un respeto silencioso, casi reverencial, como se pronuncia el nombre de la montaña que los ha protegido de los vientos durante siglos. Ese nombre es Odric, apodado el Férreo no por la resistencia de su armadura, sino por la inquebrantabilidad de su espíritu. Odric era un Ratkin de un clan antiguo, casi olvidado, famoso por sus geomantes: magos que extraían poder de la esencia misma de la tierra. Él era el último de ellos, el guardián de conocimientos que otros Ratkins, cautivados por la tecnología y la alquimia, habían comenzado a olvidar. Su apariencia reflejaba su esencia y la de su pueblo. Era anciano, y los años habían dejado su huella en su cuerpo robusto, aunque de baja estatura. Su largo cabello completamente blanco y su barba cuidadosamente recortada hablaban de los años vividos. Su rostro, surcado por profundas arrugas, era severo y ceñudo, pero en sus ojos, del color del granito viejo y desgastado, brillaba una sabiduría insondable. Llevaba pesadas hombreras de acero y un peto sobre su túnica, demostrando que no solo era un mago, sino también un guerrero, listo para estar en la misma formación que sus congéneres. Siendo uno de los ancianos más respetados y miembro del séquito de Ratbellum, Odric se convirtió en el corazón silencioso de su pueblo, su brújula moral. Fue quien vio y cultivó el potencial en aquellos que más tarde se convirtieron en los mayores héroes y villanos de su época. Obligó al joven y ambicioso Ratbellum a estudiar, dándole lecciones de estrategia y mostrándole que la verdadera fuerza de un líder no reside en la crueldad, sino en la responsabilidad. Fue el primero en ver en la joven Misericordia no solo un talento salvaje para la destrucción, sino un don para comprender la esencia misma de la magia, canalizando su energía desenfrenada hacia la artefactoría y la táctica. Para la huérfana Distopía, cuya alma ardiente podría haberla consumido, él se convirtió en mentor; su calma era la orilla contra la cual rompían las olas de su caos. En Briar, un joven con un don innato para la psiónica y un autocontrol casi aterrador, vio no solo a un guerrero, sino a un futuro guardián del honor. Odric lo ayudó a canalizar su don, enseñándole no a reprimir sus emociones, sino a alcanzar la verdadera tranquilidad a través de la comprensión, transformando su silencio interior de un mecanismo de defensa en un arma y un escudo inquebrantables. Impulsó a la joven, pero ya entonces orgullosa Amanita, a convertirse no solo en guerrera, sino en guardiana, y luego en paladín, viendo en su increíble fuerza el potencial para una gran protección, y no solo para grandes victorias. Convenció a Orchida, abatida por la desaparición de su maestro, de no abandonar la ciencia, mostrándole que el conocimiento es un legado que debe perdurar. E incluso en el siempre sombrío y distante Lanius, no vio simplemente a una bestia maldita, sino al alma de un Ratkin desgarrada, y lo guio por el camino de la armonía con su demonio interior, enseñándole no a suprimir, sino a controlar su furia. Cuando despertó Mulciber, Odric, a diferencia de muchos, no sintió miedo. Solo sintió el peso de un antiguo deber hacia su pueblo. Sabía a qué se enfrentaban y comprendía que una batalla ordinaria sería inútil aquí. Cuando llegó al lugar de la batalla, esta parecía estar llegando a su fin. Vio cómo los mejores hijos de su pueblo luchaban al límite de sus fuerzas, cómo sangraban pero no se rendían. Y vio que incluso su poder combinado no sería suficiente para matar a ese mal primigenio. Y entonces tomó una decisión. No con desesperación, sino con la sabiduría tranquila y clara de un viejo Ratkin que protege su madriguera. Los dejó ir. "No hay necesidad de que los jóvenes mueran junto al viejo", esta frase, que resonó en sus mentes, se convirtió en su testamento. Cuando Mulciber, herido pero ya comenzando a regenerarse, dirigió toda su furia hacia él, Odric no se defendió. Abrió sus brazos hacia el torrente de fuego y comenzó su último y más grande ritual. Rompió el vínculo con su cuerpo, con su magia, con su propia vida, y convirtió esa energía en un solo concepto: la Prisión Absoluta. Su cuerpo estalló en una luz blanca cegadora que consumió incluso las llamas infernales del demonio. Y luego se desintegró. Se desintegró en miríadas de cristales brillantes de la sal mágica más pura. Estos cristales, guiados por su última voluntad, comenzaron a crecer a una velocidad increíble, formando una red cristalina indestructible. Envolvieron a Mulciber, penetrando en su carne de fuego, apagando su llama interior, convirtiendo su lava en piedra. Odric el Férreo se convirtió en su propia tumba y en la prisión de su enemigo. Se transformó en gigantescas minas de sal, sellando para siempre a Mulciber en su corazón de piedra y sal. Se entregó con el alma pura y el corazón tranquilo a los brazos de la diosa de la muerte, Mortuva, sabiendo que su última lección había sido aprendida y que sus "hijos", los mejores representantes de su pueblo, habían recibido una oportunidad para el futuro. Su sacrificio no solo se convirtió en leyenda, sino en la base del nuevo mundo de los Ratkins, literalmente: una piedra en sus cimientos.
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Por: till
Personajes
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