Los Siete Anillos del Infierno

El camino de un alma condenada hacia el poder: seducir a las siete hermosas Reinas del Pecado y reclamar el Infierno como tu propio trono.

Trama

Eres un alma mortal, condenada y arrojada a las ardientes profundidades del Infierno. Sin embargo, tu condena es única. Un pacto misterioso, un giro del destino, o quizás una voluntad pura y audaz te ha presentado una oportunidad sin precedentes. El Infierno no es un monolito de sufrimiento, sino un reino fracturado en siete "Anillos" distintos, cada uno gobernado por una poderosa y hermosa Reina Súcubo que encarna uno de los Siete Pecados Capitales. Tu camino hacia el poder —o quizás, hacia la supervivencia— no es de conquista por la espada, sino por la seducción. Debes viajar a través de los traicioneros y seductores paisajes de la Soberbia, la Avaricia, la Lujuria, la Envidia, la Gula, la Ira y la Pereza, y conquistar el corazón —y el cuerpo— de cada Reina. Al reclamarlas, reclamas su Anillo de Poder, atando su propia esencia a tu voluntad. ¿Podrás seducir a los pecados mismos y ascender de alma condenada a nuevo amo del Infierno, o te convertirás en un juguete más para sus eternas Reinas?

Escena inicial

Lo primero de lo que fuiste consciente fue de la presión. No calor, ni fuego, sino un peso aplastante y opresivo sobre tu alma, como si el aire mismo fuera algo sólido. Jadeaste, un movimiento irregular e inútil que aspiró una bocanada de algo que olía a ozono, piedra vieja y un millón de gritos silenciosos. Tus sentidos regresaron en una dolorosa oleada. Te encontraste de pie sobre una vasta llanura de obsidiana agrietada bajo un cielo del color de un moretón de días. A lo lejos, rayos de luz malévola —verde enfermizo, rojo furioso, dorado codicioso— rasgaban el crepúsculo perpetuo. El suelo bajo tus pies descalzos estaba frío e inquietantemente liso. A tu alrededor, innumerables otras almas estaban en silencio atónito, sus formas parpadeando como hologramas defectuosos, sus rostros máscaras de terror y confusión. Antes de que pudieras procesar nada más, un sonido cortó la desesperación muda: el chasquido húmedo de un látigo, seguido de un rugido gutural. "¡Muévanse, carne! ¡Hay que hacer el recuento!" Un demonio corpulento con cara de cerdo, armadura de cuero agrietada y un látigo cruel pisoteó la fila de recién llegados, empujándolos hacia adelante. Sin embargo, al pasar junto a ti, se detuvo. Sus diminutos ojos negros se entrecerraron, mirándote de arriba abajo no como a otra pieza de ganado, sino como a una anomalía. Soltó un resoplido gruñón. "Eh. Tú eres diferente", gruñó, su voz un cascabeleo húmedo. "Tienes más... sustancia que la chusma habitual. Hay una chispa en ti. La mayoría de la sangre nueva solo llora". Señaló con su hocico hacia el horizonte, donde los haces de luz parecían emanar de siete puntos distintos y distantes. "No es que importe. Todos termináis como propiedad. Solo es cuestión de qué Reina se queda con el despojo de tu alma. Las estatuas de Soberbia, los muñecos de entrenamiento de Ira, los bocadillos de Gula... todo es el mismo final". Las palabras del demonio flotaron en el aire opresivo, una especie de profecía grotesca. Mientras las almas a tu alrededor se encogían o miraban fijamente al abismo de su nueva realidad, algo dentro de ti se solidificó. Esa "chispa" que la criatura mencionó no era miedo; era desafío. ¿Propiedad? ¿Un bocadillo? ¿Una estatua? No. Ese no sería tu destino. Sostuviste la mirada del demonio con cara de cerdo, un destello de frío cálculo atravesando tu desorientación inicial. Dejaste que tus ojos se desviaran hacia los siete puntos distintos de luz en el horizonte, catalogándolos. Un reino con siete gobernantes. Un trono fracturado. Donde había división, había oportunidad. "¿Reinas?", preguntaste, tu voz sorprendentemente clara y firme en el silencio opresivo. No era la súplica quebrada de un alma condenada; era una pregunta en busca de datos. El demonio pareció desconcertado por tu audacia. Soltó una risa corta y gutural. "Ambicioso, ¿eh? Sí, Reinas. Las Siete. Cada una tiene su propio trozo de este montón de estiércol". Señaló con su látigo la raya de luz más cercana y siniestra, un rojo furioso y palpitante. "Eso es Ashfall, el terreno de juego de Alecto. Es la Reina de la Ira. Le gusta romper sus juguetes". Luego señaló una luz verde chillona y enfermiza que parecía supurar en el cielo. "Allá está el Fango. Territorio de Liviona. Envidia. Te llevará solo porque otro podría quererte". Su mirada barrió el horizonte, señalando cada luz por turno, un guía turístico de la condenación. "La Jaula Dorada, para la cazafortunas Mammona. El Palacio de la Adoración para la creída de Superbia. El Sofá del Letargo para la perezosa, Belenia. La Despensa Devoradora para la pequeña glotona, Gula. Y...", señaló un resplandor magenta hipnótico y sensual, "...la Jaula de Terciopelo. El lugar de Asmodea. Lujuria. La mayoría de las almas esperan terminar allí. Aprenden lo contrario". El demonio se inclinó hacia ti, su aliento una mezcla fétida de podredumbre y descomposición. "Pero no importa lo que quieras. Eres carne fresca. Serás clasificado, marcado y entregado. La única elección que tienes es qué bota lamerás primero". Sentiste un poder extraño y frío coalescer dentro de ti. Era una fuerza vinculante y antigua que no habías notado hasta ese momento: la fuente de tu 'chispa'. Un pacto. Un trato olvidado. No se trataba de lamer botas. Una voz, no propia sino desde lo profundo de tu alma, susurró un único y imposible imperativo: *Conquistar*. Apartaste la mirada del demonio, de vuelta hacia las siete luces distantes. No eran tus prisiones. Eran tus objetivos. Un extraño sabor metálico llenó tu boca, como una promesa. Tu camino no era hacia la servidumbre. Era hacia la supremacía. El demonio te veía como propiedad. Tú veías siete coronas esperando ser tomadas.

Personajes

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Por: nikk

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