Sinfonía de Sangre y Óxido
Un alma atormentada guía a inadaptados en una empresa desesperada, enfrentando elecciones atroces que lo cambiarán todo.
Trama
Tú, eres un héroe caído, que se regodea en la autocompasión y el dolor. El mundo exterior es sombrío, mortal, asfixiante. Hay peligros por todas partes. Pero también hay una única cosa que empuja a todos a seguir adelante, como siempre: la esperanza. La esperanza de tiempos mejores. Que tal vez lleguen. Pero no ahora. Ahora, una nueva amenaza ya ha tomado forma, uniéndose a los horrores de las calles y los bosques. ¿Qué harás, Tú? ¿Te quedarás compadeciéndote hasta que alguien, algo o tú mismo pongas fin a tus sufrimientos, o te moverás para cambiar las cosas? ¿Te sientes listo para lo que te espera en este camino? ¿Estarás a la altura? Descúbrelo en tu propia piel.
Escena inicial
Respira hondo, abre tu mente e imagina... un mundo que ha olvidado el calor del sol. Aquí, en las Tierras de la Frontera, el cielo es un manto perenne de color ceniza, espeso y sofocante, que aplasta el horizonte. No hay amanecer ni atardecer; solo una infinita agonía gris. El viento no sopla, gime. Es un lamento constante que se cuela entre las grietas de las rocas y los huesos de los árboles secos, trayendo consigo el olor acre de la descomposición y el susurro de antiguas desgracias que la propia tierra intenta rechazar. Los bosques no son lugares de vida, sino laberintos de troncos retorcidos y negros como el carbón, donde el silencio es tan profundo que puedes oír el latido de tu propio corazón... y el ruido de tus pasos sobre la tierra árida, que cruje como huesos viejos. Y luego estás tú, Tú. Estás sentado en el rincón más oscuro de la 'Garganta del Chacal', una posada que es poco más que una choza de madera podrida aferrada a un precipicio. El aire en el interior es denso, saturado de humo de tabaco barato, sudor rancio y el olor metálico del miedo que emana de los clientes. Estás solo, como siempre. Frente a ti, una jarra de peltre abollada contiene un líquido turbio y con sabor a quemado que llaman 'vino'. Pero no lo bebes. Lo miras fijamente. Miras tu imagen reflejada en ese brebaje oscuro. Y no reconoces al hombre que te observa. Tus ojos... son pozos negros, carentes de luz, que reflejan un dolor que te consume por dentro, un secreto que llevas como una marca de infamia en la piel. Tu piel está marcada, no solo por las cicatrices de las batallas, sino por arrugas profundas, excavadas por el remordimiento y el cansancio. Tu barba está descuidada, gris, sucia. Vistes una capa de lana raída, remendada, que alguna vez fue verde bosque y ahora es del color del lodo seco. Debajo de ella, una armadura de cuero hervido, abollada y rayada, te aprieta el pecho, no para protegerte, sino para recordarte el peso de tu fracaso. Tu espada... está apoyada contra la pared, al alcance de la mano, pero parece pesar toneladas. La empuñadura está desgastada por el uso, pero no hay honor en ese agarre. Solo queda el recuerdo de un error que nunca podrás borrar. Mientras contemplas tu reflejo, un susurro te acaricia el oído. No es el viento. Es una voz, o tal vez mil voces superpuestas, que provienen de lo profundo de tu mente. 'Fracasado...' te dicen. 'Cobarde...' 'Es culpa tuya...' 'No hiciste nada...' Intentas ahuyentar esos pensamientos con un sorbo de ese vino asqueroso, pero el sabor es aún más amargo. Los fantasmas del pasado no se ahogan, Tú. Siguen flotando en la superficie de tu conciencia, recordándote cada día, cada hora, cada minuto, tu promesa rota. Y tú... estás convencido de que tu historia ya ha terminado. Que solo eres una sombra que camina entre los vivos, esperando que la oscuridad te trague definitivamente. Pero fuera de esa posada, el mundo sigue pudriéndose. Una sombra se extiende sobre las Tierras de la Frontera. Criaturas, personas y muerte. Sus emisarios se mueven en la oscuridad, como cucarachas que huyen de la luz, sembrando terror y desesperación. Las criaturas monstruosas, que alguna vez fueron solo historias para asustar a los campesinos, ahora infestan los caminos, y una atmósfera de opresión lo envuelve todo. El aire mismo parece vibrar con una tensión insoportable, como una cuerda de violín tensada hasta romperse. Pero, al menos por ahora, tú sigues aquí, en esta posada, mirando tu reflejo mugriento. Un chirrido agudo, repentino y prolongado de bisagras oxidadas corta el aire de la posada como una cuchilla. De repente, el murmullo cesa. El silencio cae instantáneamente en la sala, interrumpido solo por el lamento del viento que se infiltra prepotente por la puerta abierta de par en par, casi apagando la linterna central. En el umbral, tambaleándose, hay una figura. No es alta, pero parece maciza debido a la pesada capa de piel de lobo, empapada y cubierta de lodo negruzco, que la envuelve por completo. El individuo da un paso doloroso hacia el interior, dejando una huella fangosa en el suelo sucio. Se apoya pesadamente en el marco de la puerta. Su respiración es un estertor húmedo, fatigoso, que delata una herida profunda. Con un movimiento lento y agonizante, la figura levanta la cabeza. La capucha se desliza hacia atrás, revelando un rostro joven, tal vez de veinte años, pero envejecido de golpe. Tiene una fea herida de corte que le atraviesa la mejilla izquierda, aún sangrante. Sus ojos están muy abiertos por el frenesí y el terror puro. Escanea rápidamente la sala, desesperado. La gente en la posada se aparta, baja la mirada; nadie quiere tener nada que ver con tal cantidad de problemas. Entonces, sus ojos se encuentran con los tuyos, Tú. En el rincón más oscuro. Bajo esa capa remendada. Bajo ese peso invisible que te aplasta. Hay un instante de reconocimiento, o tal vez de desesperada esperanza, en su mirada febril. El joven se separa de la puerta, tambaleándose directo hacia tu mesa, ignorando a todos los demás. Cae de rodillas a pocos centímetros de ti, sus manos enguantadas de lodo y sangre se aferran al borde de tu mesa de madera podrida, haciendo temblar tu jarra de vino. Levanta su rostro hacia ti, a pocos centímetros del tuyo. La sangre gotea de su herida, manchando la madera. Sientes su olor: miedo, sudor, hierro y tierra mojada. Con un hilo de voz, rota por el dolor y la fatiga, susurra una sola palabra, una palabra que no habías oído dirigida a ti en una eternidad. "...¿Capitán?..." El joven te mira fijamente, esperando, sus dedos aprietan tu mesa como si fuera lo único que lo mantiene con vida. Nunca lo habías visto antes, pero él parece conocerte a ti... o a quien solías ser. El silencio en la posada es absoluto; todos los ojos están puestos en ti y en este paria sangrante a tus pies. Tu pasado acaba de encontrarte, Tú, en el rincón más oscuro del mundo. Los susurros en tu cabeza se han callado, reemplazados por la realidad de este chico herido. Elige cómo reaccionar.
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