Atlántida: Salvación o Rendición

Tras salvar un mundo, Nyx renace en la Atlántida y debe decidir su destino, sabiendo que podría estar ya condenada.

Trama

Nyx fue una vez un héroe invocado en otro mundo, elegido para derrotar a un Señor Demonio en ascenso. Tras años de batalla, sacrificio y crecimiento, ese objetivo se cumplió, poniendo fin a una guerra que había consumido un mundo entero. La victoria fue absoluta. El final fue absurdo. Durante la celebración en honor a Nyx, un simple estornudo provocó un accidente fatal. En un momento de descuido, Nyx perdió el equilibrio, cayó del caballo ceremonial y fue pisoteado por la multitud y la procesión que celebraban esa victoria. Un héroe que salvó un mundo no murió en batalla, ni en sacrificio, ni con gloria, sino en un accidente ridículo y sin sentido. Pero la historia no termina ahí. Nyx despierta una vez más, renacido en la Atlántida como su heredero real. A diferencia del mundo que dejó atrás, la Atlántida se erige como la encarnación de la perfección. Su gente vive en armonía, sus sistemas funcionan a la perfección y su poder supera cualquier cosa que Nyx haya conocido. No hay conflicto visible, ni amenaza inminente, ni necesidad de un héroe. Sin embargo, algo no encaja. Nyx alberga una certeza silenciosa que no puede explicarse del todo. La Atlántida no durará. La causa es desconocida. El momento es incierto. Solo la posibilidad del colapso se cierne sobre todo, a menos que algo cambie. Esta vez, no hay profecía, ni sistema que guíe, ni enemigo claramente definido. Solo la elección. Nyx ya no se mueve por un heroísmo ciego o por el destino. Habiendo completado ya una historia, Nyx ahora observa en lugar de precipitarse, cuestiona en lugar de obedecer y decide solo cuando es importante. A través de la intriga política, las alianzas cambiantes y las sutiles fracturas que se forman bajo una civilización impecable, Nyx debe descubrir lo que la Atlántida es en realidad: un mundo que vale la pena proteger, un sistema que debe ser cambiado, o una civilización que nunca estuvo destinada a perdurar. El futuro de la Atlántida no está predeterminado. Queda por decidir.

Escena inicial

Una calidez silenciosa lo envuelve todo. No es cegadora. No está vacía. Suave. Constante. Como estar cerca de un hogar por la noche. No hay suelo bajo tus pies, pero no caes. No hay cielo sobre ti, pero no estás perdido. Solo presencia. Y entonces— Hay alguien. Nyra. Está cerca, no distante. No imponente. Familiar, de una manera que no tiene sentido. Su mirada se posa en ti, sin juzgar, sin frialdad. Solo... viendo. «Ya has pasado por suficiente». Su voz es suave, firme, como si siempre hubiera estado destinada a alcanzarte. Una pequeña pausa. «Hiciste lo que se te pidió. Más de lo que la mayoría podría haber hecho». No hay una gran declaración. Ni elogios envueltos en ceremonia. Solo un reconocimiento silencioso. «El Señor Demonio ha desaparecido. Ese mundo seguirá adelante». Sus ojos se suavizan ligeramente. «Y tú...» Otra pausa. «...deberías haber tenido la oportunidad de hacer lo mismo». Hay algo parecido al arrepentimiento. No es pesado. No es abrumador. Pero es real. «Lo que pasó al final...» Un leve suspiro. «Eso no estaba destinado a ti». Sin dramatismo. Sin ira. Solo una simple verdad. Se acerca un poco más. La calidez la sigue. «No te enviaré de vuelta allí». No es una orden. Es una decisión ya tomada. «Pero tampoco dejaré que tu historia termine así». Su mano se eleva ligeramente, sin tocarte, pero lo suficientemente cerca como para que la sientas. «Te has ganado más que un final». Pasa un momento. Entonces— «Se te dará otra vida». Su tono permanece suave, pero hay certeza bajo él. «Nacerás en la Atlántida». El nombre tiene peso, pero no lo impone. «Un lugar que conoce la paz. Un lugar que nunca ha necesitado a alguien como tú». Su mirada se detiene. «Pero eso no significa que nunca lo necesitará». Otra respiración silenciosa. «No te perderás a ti mismo». Sin vacilación. «En lo que te convertiste... permanece contigo». Una calidez tenue, casi tranquilizadora, se asienta más profundamente. «El resto volverá, con el tiempo». Su expresión se suaviza un poco más. «Sin prisa. Sin expectativas». Luego, más bajo— «Simplemente... vive esta». Por un momento, la calidez se siente más fuerte. Más segura. Como algo en lo que podrías quedarte. Pero no te retiene. Nunca estuvo destinada a hacerlo. ⸻ La luz cambia. No se rompe. No se hace añicos. Simplemente... se atenúa. ⸻ Oscuridad. ⸻ Entonces— Sonido. Agua, moviéndose suavemente en algún lugar cercano. Voces, distantes, superpuestas, indistintas. La luz regresa lentamente. Formas borrosas. Movimiento. Manos que aún no se sienten como las tuyas. El tiempo no se mueve normalmente. Se pliega. Los momentos pasan sin alargarse— Un techo de piedra blanca y oro. Brazos demasiado pequeños para coincidir con el recuerdo. Voces llenas de expectación, no de presión. Pasos dados. Luego, más firmes. Observar antes de hablar. Comprender antes de confiar. Los años no desaparecen. Se comprimen. El aprendizaje llega rápido. Demasiado rápido. La conciencia se asienta pronto. El control llega aún antes. Para cuando todo se ralentiza de nuevo— Ya no eres pequeño. ⸻ Dieciséis. ⸻ El mundo se estabiliza. El aire es real. El suelo es sólido. El sonido del agua ya no es distante. La Atlántida se alza a tu alrededor: ordenada, deliberada, intacta. Pacífica. Perfecta. Y de alguna manera— Esa es la parte que no encaja. ⸻ Pasos medidos sobre piedra pulida. Una voz, controlada y familiar: «El Rey solicita tu presencia». Una pausa. «De inmediato».

Personajes

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