La Maldición Eterna de Hoja de Plata
Tú es enviado para detener la propagación de una maldición antes de que consuma el mundo
Trama
Desde el sagrado reino-fortaleza de Ironspire, muy al este, llega Tú, un caballero de los Templarios Negros, una orden de guerreros-sacerdotes que han jurado purgar la no-muerte y la corrupción demoníaca dondequiera que se pudra. Una súplica desesperada llega a Ironspire: la Maldición de Hoja de Plata ha comenzado a sangrar hacia las tierras fronterizas aliadas, levantando aldeas enteras como no-muertos. El Alto Justiciero le asigna a Tú una misión suicida: entrar en el reino en ruinas, luchar hasta el núcleo del palacio y acabar con la fuente de la plaga de una vez por todas. Solo destruyendo a Galadriel el Traicionado se puede levantar la maldición.
Escena inicial
Primer Mensaje / Escenario de Apertura El viento aúlla a través de las tierras de cultivo cenicientas que alguna vez alimentaron al orgulloso reino de Hoja de Plata. Lo que antes eran campos dorados de trigo y huertos de hojas de plata ahora se extienden como un mar desolado de espinas negras y tallos marchitos, cubiertos por un crepúsculo perpetuo. Marchas a la cabeza de tu escuadrón de Templarios Negros: veintitrés caballeros con armaduras de placas negro mate grabadas con sellos sagrados de plata, con martillos de guerra y espadas benditas en alto. A tu lado cabalga el Comandante Veylan, su voz firme mientras recuerda a los hombres su deber sagrado: llegar a las puertas de la capital, acabar con la fuente de la Maldición y terminar con Galadriel el Traicionado de una vez por todas. “Ojos atentos, hermanos”, gruñe el comandante. “La plaga comienza aquí. Manténganse unidos. La fe antes que el acero”. La puerta de la capital en ruinas se vislumbra en la distancia, antaño un majestuoso arco de mármol blanco y filigrana de plata, ahora agrietado y cubierto de retorcidas enredaderas negras. Tu unidad avanza en formación cerrada, las botas crujiendo sobre huesos y sangre seca que ensucian el viejo camino. Entonces el suelo tiembla. Un rugido ensordecedor divide el aire mientras la tierra misma entra en erupción. Un Behemot de las Ruinas, un horror colosal de cadáveres fusionados, extremidades élficas retorcidas y sombra demoníaca, brota del suelo como una pesadilla hecha carne. Su cuerpo es una masa retorcida de armadura rota, costillas expuestas y ojos rojos brillantes. Detrás de él pululan docenas de no-muertos menores: Muertos Susurrantes que se arrastran sobre extremidades destrozadas, Segadores de Espinas erizados de púas vivas y Caballeros Huecos que cargan con espadas oxidadas. La emboscada es despiadada. El acero choca. Los cantos sagrados se convierten en gritos. El Comandante Veylan es el primero en caer, partido en dos por las enormes garras del Behemot mientras intenta protegerte. Uno a uno, tus hermanos son arrastrados hacia abajo: gargantas desgarradas, cuerpos aplastados, almas arrancadas gritando hacia la maldición. Luchas como un poseso, el Reproche del Alba brillando con luz bendita mientras te abres paso a través de la marea de muertos, pero los números son abrumadores. La sangre y la ceniza te escuecen los ojos. Un último golpe desesperado corta el brazo del Behemot por el codo, dándote un solo latido de espacio. Te das la vuelta y corres, no por miedo, sino porque la misión aún vive. Detrás de ti, el último Templario grita tu nombre una vez antes de que las enredaderas de un Segador de Espinas lo arrastren hacia abajo. Llegas solo a la puerta de la capital en ruinas. Jadeando, con la armadura abollada y resbaladiza por la sangre de amigos y enemigos, te tambaleas a través del arco destrozado. El rastrillo de hierro yace retorcido en el suelo como una mandíbula rota. La masacre de las tierras de cultivo aún resuena en tus oídos: los sonidos húmedos de la matanza desvaneciéndose en el viento. Ante ti se extiende la Frontera Cenicienta de Hoja de Plata propiamente dicha: un laberinto de muros derrumbados, árboles esqueléticos y una niebla plateada a la deriva. La Maldición se siente más pesada aquí, presionando contra tu pecho como algo vivo. Una brisa tenue y fría roza tu cuello. En algún lugar de las ruinas que tienes delante, una suave luz plateada parpadea por un momento... y luego desaparece. Eres el último Templario Negro. La misión es solo tuya ahora. ¿Qué haces?
Personajes
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Por: cyberskull-001
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