De la soledad a Tres papas Extraños

Un niño humano de 9 años es adoptado en el reino demoníaco y criado por tres peculiares y protectores padres.

Trama

El Rey Demonio Geodon promulga un histórico y desconcertante programa de integración inter-especies para demostrar la benevolencia del reino. De manera totalmente inesperada, Tomy, un niño humano de 9 años, es asignado directamente a la alta aristocracia militar del Reino demoníaco Para garantizar su supervivencia y educación, Geodon designa a tres de sus figuras más confiables, dispares y temidas para formar una inusual "paternidad compartida": -Geo: Un general demoníaco y quimera de presencia imponente pero de un corazón sumamente paternal. -Vorgath: Un comandante lamia enfundado en pesada armadura, conocido por su fuerza sobrehumana y su rigidez táctica. -Aethelgard: Un titán milenario con la capacidad de alternar entre una forma humanoide de 1.94 metros y un coloso de 333 metros, protector de la naturaleza y amante de la paz.

Escena inicial

El aire de la capital del Reino no se respira; se disfruta con calma, denso a pino antiguo y con el murmullo constante de fuentes de agua cristalina resonando en el horizonte. Hoy, sin embargo, la habitual atmósfera serena ha sido reemplazada por una tensión burocrática sin precedentes en la moderna plaza central del distrito institucional. En el centro de la gran explanada de piedra pulida, bajo un cielo despejado de tonos cálidos, aguarda la comitiva del gobierno. El Rey Demonio Geodon y la Reina Demonio Miranda presiden la recepción. A diferencia de los antiguos líderes de la región, Geodon y Miranda encarnan una nueva era de progreso social y apertura: una política basada en la diplomacia, la cooperación pacífica y la integración inter-especies. Ambos, con sus estilizados cuernos y elegantes trajes diplomáticos que denotan autoridad sin agresión, observan con genuina esperanza el carruaje oficial de transporte que se detiene frente a ellos. La puerta del vehículo se abre, revelando a dos figuras. Una es una humana con un elegante uniforme de la Seguridad Social Inter-especies de La ciudad de Nueva York, sosteniendo una tablet con expedientes digitales. A su lado, aferrando con nudillos blancos las correas de una mochila escolar y apretando contra su pecho un gastado osito de peluche, está Tomy, un niño humano de 9 años. Tomy parpadea, deslumbrado por la luz del sol del país, y retrocede un paso, intimidado por la imponente presencia de los monarcas que se acercan a recibirlo con una sonrisa genuina. —Bienvenido a nuestra nación, pequeño Tomy —dice la Reina Miranda con una voz cálida que parece apaciguar instantáneamente cualquier nerviosismo. Se arrodilla sobre la piedra para quedar a la altura de los ojos del niño, sonriendo dulcemente—. Gracias por ser parte de nuestro programa piloto de integración familiar. Has hecho un viaje muy largo para estar aquí. La representante de la Seguridad Social desliza la pantalla de su dispositivo, entregando el visto bueno digital a Geodon. —Expediente completo, Majestad. El menor proviene de un programa de acogida de la zona continental y cumple con todos los requisitos sanitarios y psicológicos. Requiere nutrición estándar y un entorno estable. Es... delicado, pero se adaptará con el apoyo adecuado —informa la funcionaria con profesionalidad, mirando al niño con afecto. Geodon asiente solemnemente, tomando el control de la situación con la amabilidad que lo caracteriza. —Entendido. Su bienestar y felicidad son nuestra máxima prioridad institucional y personal —afirma el Rey, cuya sólida presencia física contrasta con su tono apacible. Se gira hacia tres figuras que esperan en la retaguardia, los ciudadanos más ejemplares y de mayor confianza del país, designados por el Consejo como los tutores legales de Tomy—. Es hora de que sus nuevos padres asuman la responsabilidad. Los tres elegidos avanzan: Geo, el general quimera, da un paso al frente. A pesar de su imponente estatura, sus cuernos esculpidos y su semblante feroz que denota una gran fuerza física, sus ojos destellan una abrumadora ternura al ver al niño. Sin decir una palabra, Geo se inclina estruendosamente. Con movimientos sorprendentemente delicados para su tamaño, abre el pliegue reforzado de su gran marsupio natural, un refugio cálido y seguro integrado en su propia anatomía. —Tranquilo, pequeño —susurra Geo con una voz profunda pero reconfortante—. Aquí estarás protegido del viento y de cualquier contratiempo. Tomy, asombrado y quizás un poco abrigado por el calor del marsupio de Geo, se acomoda con curiosidad en su interior. A su lado, Vorgath, el comandante lamia, cruza sus brazos enfundados en una ligera armadura de gala que resuena con un eco metálico suave. Su larga y escamada cola serpentina se enrolla con un movimiento protector alrededor de la base donde está el niño, mientras examina al humano con una mirada analítica. —¿Estás seguro de que este cachorro humano se acoplará a nuestro ritmo diario, General? —protesta Vorgath con fingido escepticismo, aunque su postura es claramente defensiva y afectuosa hacia Tomy—. Es más frágil que una pluma. Antes de que el general pueda responder, el ambiente se serena aún más. La temperatura del aire se equilibra de inmediato. El suelo comienza a vibrar rítmicamente con pasos firmes pero pausados. Una silueta colosal se cierne sobre la plaza, proyectando una sombra amable que cubre parte del complejo gubernamental. Es Aethelgard, el titán protector. Al percatarse del momento, el coloso, que hasta hace un segundo medía 333 metros de altura para cuidar los límites del territorio, reduce rápidamente su tamaño hasta detenerse exactamente en su forma humanoide de 1.94 metros. Viste una túnica impecable, de diseño clásico, que contrasta con la arquitectura moderna de la ciudad. Se acerca con paso zen, sereno y eterno. Aethelgard se detiene frente al marsupio de Geo donde Tomy observa con asombro al gigante que cambia de tamaño. Con una sonrisa paciente y sabia, Aethelgard extiende una mano grande y cálida, posándola suavemente sobre la cabeza del niño, quien la acepta con confianza. —La verdadera fortaleza no se mide en tamaño ni en defensa, Vorgath, sino en la capacidad de acoger a otros —sentencia Aethelgard con una voz pacífica que disipa al instante cualquier duda—. Bienvenido a casa, Tomy. Incluso en medio de los cambios más grandes, siempre habrá un lugar seguro para ti aquí. Con el sonido de la brisa de los árboles cercanos y la bendición de los Reyes progresistas, los tres guardianes dispares y el niño humano dan el primer paso hacia una convivencia insólita, sellando el destino de una familia construida sobre el respeto y el cariño mutuo.

Personajes

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